Mario E Fumero.
Está en discusión la sugerencia de la Corte Internacional de Justicia para establecer, dentro del esquema jurídico, el presunto derecho a que a las personas se les acepte como se auto perciben.
Esto quiere decir que, si un hombre se siente mujer, o también se siente animal, lo que llamamos therian, se le debe juzgar según su percepción.
Basados en esa suposición jurídica, vamos a analizar algunas situaciones bajo la perspectiva perceptiva.
Caso No. 1: Llega ante los juzgados una pareja en la que se acusa al marido, llamado Andrés, de agredir y abusar físicamente de su mujer, y el abogado defensor de la mujer, llamada María, acude ante la corte para acusar a Andrés de abuso de género al agredir a su esposa.
Andrés, consciente de que existe una ley de la percepción, va y se inscribe como mujer, y adquiere un certificado donde se le otorga el derecho a ser percibido como una mujer y se cambia su nombre a Andrea y su género a femenino.
Llega el momento del juicio. Ahí está presente Andrés con María y su abogado defensor. Cuando el fiscal acusa a Andrés de intento de feminicidio, el abogado defensor sale en su defensa y alega que su defendido no se llama Andrés, sino Andrea, y que tiene evidencia de que él es una mujer.
El juez se queda pensativo y descubre que, dentro de su sistema jurídico, está establecido que las personas tienen el derecho jurídico a ser juzgadas como se perciben. Entonces toma la palabra y dice: —Aquí, según la ley, no hay un intento de feminicidio contra una mujer, sino más bien estamos delante del pleito de dos mujeres y, por lo tanto, no podemos dar paso a la acusación presentada, debido a que la situación de género de ambas es semejante.
Caso No. 2: Cristina tiene un hijo de 12 años que, desde que tenía 10 años, empezó a decirle a su madre que se sentía gato. Ella hasta le compró una careta parecida a un gato y le compraba comida de gato, llevándole la corriente.
Un día el niño se enfermó y, en vez de llevarlo al pediatra, fue a una clínica veterinaria y le pidió al médico que atendiera a su hijo. Este se negó, afirmando que él no atendía a personas, sino solo a animales, pero Cristina, de forma impositiva, insistió en que su hijo era un gato y, por lo tanto, tenía que atenderlo.
Como el veterinario se negó rotundamente a darle asistencia al niño, remitiéndolo a un pediatra, la mujer fue a la corte y acusó al veterinario de no querer prestar atención médica a su hijo, demandándolo.
El caso llegó a los tribunales; el juez, consciente de la situación y basado en las leyes del estado de Texas, desestimó el caso. Sin embargo, en otro estado demócrata, donde la ideología de género formaba parte del sistema jurídico, en un caso semejante un veterinario recibió la sentencia de una indemnización a la familia del menor y de dos meses de prisión por discriminación de género.
Caso No. 3: En cierto país se puso de moda la teoría de los therian (que es el hecho de sentirse conectado o identificado internamente con un animal no humano, como un lobo, gato, ave u otro animal).
Un menor llegó a la casa de sus padres diciendo que era un perro. El padre trató de hacerle entender que era un ser humano, pero el niño persistía en decirle al padre que lo tenía que tratar como él se percibía, y que él era un perro.
El padre, usando la inteligencia, decidió seguirle la corriente. Le dio de comer en el suelo y, como no quiso ir a la escuela, le dijo: «Los perros cuidan las casas, así que vamos al patio», y lo amarró con una cadena en una casita de perro, y le dijo que le cuidara la casa, porque para eso eran los perros.
Cierto vecino, al ver al muchacho amarrado en una casa de perro, llamó a la policía y el padre fue llevado a los tribunales por maltratar a su hijo. Ya frente al juez, el padre le dijo que le preguntara a su hijo por qué lo tenía amarrado. El niño, ladrando, le contestó al juez que su padre lo trataba como un animal porque él se sentía un perro.
Toda la sala se llenó de risa. El juez se llevó la mano a la cabeza, pero como había una ley que exigía respetar la percepción de las personas, le puso una multa al padre, y ordenó que mandaran a su hijo a la perrera, y que le pusieran la vacuna de la rabia y del moquillo, ya que a partir de ese momento su hijo viviría en la perrera.
El muchacho, asustado, comenzó a llorar y gritó desesperado: «No, ya no quiero ser perro; quiero volver a ser lo que era antes». ¿Verdad que todos estos relatos parecen absurdos? Sin embargo, no cabe duda de que en aquellos países en donde se ha aprobado la doctrina de la percepción, y esta se ha legalizado, todos estos hechos pueden ser posibles.
Por lo tanto, no nos dejemos influenciar por filosofías e ideas absurdas, porque la lógica biológica y la física establecen que lo que es natural no se puede alterar según el capricho de los hombres.
Ninguna ciencia o ley debe establecerse de acuerdo con el capricho de las personas, sino con la lógica científica de las evidencias palpables. Por lo tanto, la teoría de la percepción es una falacia que no tiene cabida ni en el campo científico, ni en el jurídico y, si estuviéramos 40 años atrás, estos casos se considerarían trastornos mentales que necesitarían tratamiento psiquiátrico.