Autor: Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos
Nunca antes ha habido una reunión como esta.
Se trata, ciertamente, de un acontecimiento sin precedentes, inaugurando lo que esperamos que sea una coalición sin precedentes; preparada para afrontar un momento sin precedentes en la historia que compartimos.
El deber más esencial del Estado, la primera responsabilidad de cualquier gobierno es la protección de su pueblo. Se trata de una obligación sagrada que debe trascender todas las divisiones políticas e ideológicas. Por eso contamos con ejércitos, servicios de inteligencia, oficinas de lucha contra el terrorismo, fuerzas policiales. Garantizar la seguridad de nuestra población es la razón por la que existen todas estas cosas.
Todos conocemos muy bien lo que se ha descrito como amenazas terroristas “tradicionales”. Durante 25 años, el término “lucha contra el terrorismo”, al menos en Occidente, ha significado, ante todo, la lucha contra el extremismo islamista radical.
Y hay una razón muy sencilla para ello. El 11 de septiembre de 2001, 19 hombres asesinaron a 3.000 personas aquí, en mi país. Posteriormente, ese mismo enemigo atacó Europa, asesinando a casi 200 pasajeros a bordo de trenes en Madrid en 2004 y a otros 52 a bordo de autobuses y en el metro de Londres al año siguiente. Toda la estructura de la lucha antiterrorista occidental se reconstruyó desde cero a raíz de aquella singular amenaza. En aquel momento tenía sentido. Nuestra labor consistía en garantizar la seguridad de nuestro pueblo, y el ámbito del terrorismo, el espectro de la yihad global, constituía la principal amenaza para dicha seguridad.
Por ello, nos pusimos manos a la obra. Formamos una coalición global, colaborando con muchos de los amigos que hoy están representados en esta sala, y destruimos el califato del ISIS. Eliminamos a al-Baghdadi, a al-Zawahiri y a bin Laden. Además, creamos sistemas de inteligencia y de fuerzas del orden capaces de anticipar y frustrar los atentados antes incluso de que la población tenga conocimiento de ellos. Los atentados y complots yihadistas en Estados Unidos se han reducido en dos tercios desde el momento álgido del ISIS. El número de personas muertas a causa del terrorismo yihadista en Europa se redujo en aproximadamente un 97 por ciento entre el año 2015 y el año 2024.
En otras palabras, en gran medida, nuestra estrategia antiterrorista ha funcionado. La amenaza no ha desaparecido. Seguirá existiendo, sobre todo mientras toleremos un sistema de inmigración que importe estas amenazas directamente a nuestras respectivas patrias. Pero esta amenaza se ha reducido considerablemente.
El mundo tiene hoy un aspecto muy diferente.
Durante demasiado tiempo, nuestra doctrina antiterrorista ha tenido un punto ciego en lo que respecta a la violencia extremista procedente de la izquierda política. Incluso hoy en día, la mera idea de que el terrorismo de extrema izquierda pueda constituir una amenaza grave se trata como un delirio de la derecha o, peor aún, como una peligrosa conspiración fascista, por muchos en la prensa, nuestras universidades, y nuestras instituciones tradicionales.
Sin duda, verán cómo este dogma asoma la cabeza en la cobertura de esta misma conferencia. A pesar de la realidad clara e innegable, a pesar de las cifras y estadísticas objetivas, a pesar de que hoy en esta sala hay representantes de todo el espectro político, escucharemos cómo se descarta este tipo de violencia y terrorismo organizados como una ficción partidista.
En nuestros países surgió toda una industria en torno al estudio del “extremismo”; centros de estudios, becas, revistas, consultoras, con el entendimiento tácito de que solo un tipo de violencia política constituía una verdadera amenaza para el sistema. Una bomba colocada por un grupo neonazi era un acto nefasto y asesino, fruto del mal. Una bomba colocada por un revolucionario marxista no era más que un trágico exceso de idealismo. Quizá sus medios fueran erróneos o excesivamente entusiastas; pero sus fines eran virtuosos y justos.
Durante años, este extraordinario prejuicio ideológico estuvo arraigado en la forma en que hablábamos de la violencia política y el extremismo. Se repitió una y otra vez, hasta que se aceptó como el punto de referencia neutral y objetivo, tan arraigado en la sabiduría convencional dominante, que llegó a considerarse un hecho apolítico.
Es la razón por la que, aquí en mi país, tantas personas en puestos de poder han restado importancia a los actos de violencia e incluso al terrorismo, considerándolos formas legítimas de expresión política siempre que sirvieran a una causa de izquierda. Es por ello que, durante los disturbios por el caso de George Floyd, mientras delincuentes y extremistas incendiaban y saqueaban las grandes ciudades de Estados Unidos, y casi ponían a la nación de rodillas, los ayuntamientos de todo el país se limitaron a negarse a procesarlos. Es la razón de esa imagen, ahora tristemente famosa, de un presentador de noticias de pie en un barrio envuelto en llamas, con un titular superpuesto en el que se afirmaba que las protestas eran “en su mayoría pacíficas”.
Esto era algo peor que un doble rasero. La violencia de izquierdas no solo se justificaba, sino que se consideraba intocable: una categoría protegida en sí misma.
Pero esa era ha terminado.
La coalición que hoy se reúne en esta sala está formada por líderes políticos, expertos y responsables de las fuerzas del orden de más de 60 países de todo el mundo. Han venido aquí en representación de una amplia variedad de gobiernos, partidos y corrientes políticas.
Algunos de sus gobiernos y el nuestro mantienen desacuerdos públicos y profundos en materia de comercio, energía e inmigración. Ustedes no vinieron aquí porque se les convenció de todos y cada uno de los aspectos de la manera en que Estados Unidos ve el mundo.
Han venido porque, hace dos semanas, una mujer de 72 años sufrió quemaduras en más del 80 por ciento de su cuerpo en su propia casa en Grecia y falleció, víctima de una bomba incendiaria porque su hija se atrevió a presentarse como candidata electoral.
Han venido porque, durante cinco días de este invierno, se apagaron las luces en Berlín, el apagón más prolongado de la ciudad desde la Segunda Guerra Mundial, provocado por un ataque que dejó a decenas de miles de hogares sin electricidad en medio de un frío glacial y que se cobró la vida de una mujer de 83 años.
Han venido porque, un mes después de ese apagón en Berlín, un joven francés de 23 años sucumbió a lesiones cerebrales traumáticas: fue golpeado hasta la muerte en las calles de Lyon por un grupo de matones militantes de extrema izquierda.
Se encuentran aquí porque sus líderes políticos están siendo atacados, apuñalados y tiroteados en sus calles; porque sus negocios han sido objeto de atentados con bombas; porque sus vías férreas han sido saboteadas; porque sus agentes de policía han sido golpeados y quemados.
Se encuentran aquí porque esto es una realidad, y la situación está empeorando; ya no se puede negar ni se puede ignorar. Porque ha llegado el momento de acabar con este mal para siempre.
El simple hecho es que nada de esto es nuevo.
El terrorismo político de extrema izquierda no es una novedad reciente. No es una ficción inventada por los políticos conservadores. Durante la mayor parte de la era moderna, fue la forma dominante de violencia política.
Todos y cada uno de nuestros amigos aquí presentes, procedentes de las naciones del Hemisferio Occidental, recuerdan las décadas de secuestros, atentados con bombas, asesinatos y ejecuciones, el terror violento de los tupamaros, de los montoneros, de las FARC y del ELN. Recuerdan la barbarie inhumana de Sendero Luminoso en Perú, esos fanáticos maoístas que masacraron las aldeas campesinas peruanas, matando a golpes de hacha y machete a mujeres embarazadas y recién nacidos. Recuerdan las decenas de miles de guerrilleros marxistas entrenados para matar en los campos terroristas de Castro.
Todos ustedes aquí presentes, procedentes de Europa, recordarán las masacres con ametralladoras perpetradas por las Brigadas Rojas italianas, que mantuvieron cautivo durante 55 días a un primer ministro que había ocupado el cargo en cinco ocasiones antes de someterlo a un “juicio popular” revolucionario y ejecutarlo en 1978. Recordarán la campaña de atentados con bombas, secuestros y asesinatos llevada a cabo durante casi tres décadas por la facción del Ejército Rojo en Alemania, en la que murieron decenas de personas y cientos más resultaron heridas. Recordarán la organización “17 de Noviembre” en Grecia, los extremistas marxistas que aterrorizaron Atenas durante más de un cuarto de siglo, incluido el asesinato a tiros del jefe de la oficina de la CIA de mi país frente a su domicilio, ante la mirada de su esposa, cuando regresaban a casa tras una fiesta de Navidad.
Y aquí, en Estados Unidos, recordamos ese mismo reinado de terror mortífero, justificado con las mismas consignas y motivado por las mismas ideas perversas. Recordamos al Weather Underground, que colocó bombas en el Pentágono, el Departamento de Estado y el Capitolio. Recordamos al Black Liberation Army, que perpetró atracos a mano armada y ejecutó a agentes de policía a quemarropa. Recordamos al Ejército Simbionés de Liberación, que mató a tiros a un superintendente de escuelas públicas con balas de punta hueca cargadas de cianuro.
En un período de 18 meses entre 1971 y 1972, el FBI contó alrededor de 2.500 ataques con bomba en suelo estadounidense, una tasa de aproximadamente cinco por día.
La inmensa mayoría de esa violencia procedía de extremistas de izquierda. Entre 1970 y 1980, el 93 por ciento de los atentados terroristas en Occidente fueron perpetrados por la extrema izquierda.
Son cifras que hoy en día sorprenderían a la mayoría de los estadounidenses, ya que se nos ha enseñado a creer que este tipo de violencia política simplemente no existe.
Pero sí existe. Nuestras naciones llevan las cicatrices que lo demuestran.
Y hoy nos enfrentamos a una nueva ola de este viejo mal.
Aquí, en Estados Unidos, la proporción de atentados y complots terroristas de izquierda ha aumentado hasta alcanzar niveles que no se veían desde hacía décadas. En Alemania, la violencia de extrema izquierda se ha disparado en más de un 40 por ciento solo en el último año. En Grecia, más del 80 por ciento de la violencia radical está motivada actualmente por grupos de extrema izquierda y anarquistas.
No se trata de estadísticas abstractas. Los estadounidenses han visto lo que significan esas cifras. Un ataque sin cuartel contra nuestros agentes de inmigración: ataques de francotiradores, explosivos, emboscadas armadas. Un tirador transgénero que abrió fuego contra alumnos de una escuela primaria católica mientras rezaban, con sus armas marcadas con lemas como “¿Dónde está ahora su Dios?”. Un directivo del sector de la salud asesinado a sangre fría. Múltiples intentos de asesinato contra un presidente en el cargo. Y el asesinato del activista conservador más destacado de una generación: un marido y padre de dos niños pequeños, abatido a tiros mientras se dirigía a una multitud de estudiantes.
Se trata de un mal distintivo y único. Siempre ha estado impulsado por un odio por encima de todo lo demás, un odio hacia la propia civilización. Es una revuelta de lo peor contra lo mejor, una revuelta de los débiles y los cobardes contra los fuertes y los buenos. La perpetran aquellos que no son capaces de construir, que no pueden crear, que no pueden lograr grandes cosas, y que se vengan del mundo por su propia insuficiencia tratando de destruir a quienes sí pueden hacerlo.
Esto es lo que es la izquierda radical. Puede adoptar diversos lemas e ideologías según el lugar y la época. Pueden autodenominarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas, pero su carácter fundamental es siempre el mismo. Se trata de un resentimiento venenoso enmascarado tras el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación; una necesidad abrumadora de derribar lo que hombres más grandes han construido, de destruir lo que es bello y lo que es justo en nombre de personas que solo están llenas de fealdad y no tienen nada más que ofrecer al mundo.
A través de la violencia y del terror, pretenden una vez más imponernos a todos su fealdad.
El antiguo dogma estaba equivocado; nada de esto está impulsado por el “idealismo”. No es “utópico”, de hecho, es todo lo contrario.
Una de las críticas que a veces se oyen sobre el comunismo es: “Suena bien en teoría, pero nunca funciona en la práctica”. Pero eso no es cierto. El comunismo no suena bien en teoría. El mundo que concibe para todos nosotros es pequeño, monótono, gris, desprovisto de toda excepción, vaciado de todo lo que hay de bueno y noble en el alma humana. El mundo que concibe es un mundo sin valor, un mundo sin creatividad ni ambición, un mundo sin héroes, sin gloria ni grandes causas por las que luchar. Sin milagros. Sin mitos. Sin hombres que se eleven por encima del resto para hacer cosas increíbles y extraordinarias. Sin Dios.
Para estos artífices de la violencia revolucionaria, el logro más destacado de nuestra civilización supone, para ellos, una humillación insoportable, un recordatorio de lo que no pueden hacer y de lo que no pueden llegar a ser. Por ello, optan por destruir. Atacan oleoductos; atacan vías férreas; atacan redes eléctricas y laboratorios, los símbolos físicos que encarnan el poder, la investigación y los logros.
Esta es la naturaleza del terrorismo al que nos enfrentamos hoy en día. Desprecian a Occidente porque Occidente es grande.
Esta es una conferencia internacional porque nos enfrentamos a una amenaza internacional, nos enfrentamos a una amenaza transnacional. No se trata de células distintas y aisladas. Son redes interconectadas. No reconocen nuestras fronteras. De hecho, no creen en el propio Estado nación. Se coordinan, se comunican, viajan, se entrenan y actúan juntos, compartiendo la misma infraestructura, los mismos enemigos y la misma misión. Los militantes de Antifa y sus compañeros viajan desde toda Europa y las Américas para participar en los ataques de los demás, para canalizar propaganda, material de entrenamiento e información sobre objetivos a través de canales cifrados que comparten, moviéndose por redes clandestinas de refugios y financiación, y mantienen sus operaciones mediante fondos transnacionales.
Además, colaboran con Estados extranjeros hostiles que comparten su misión. Las redes de actores iraníes están cada vez más estrechamente vinculadas a grupos militantes de izquierda de todo el mundo. La extensa red ideológica y de inteligencia del régimen cubano contribuyó a la formación de la extrema izquierda en nuestro país y en nuestro hemisferio, y sigue estando indisolublemente ligada a grupos y movimientos de extrema izquierda tanto en Occidente como fuera de él.
Los terroristas de extrema izquierda de hoy en día pueden recaudar fondos en un país, alojar sus comunicaciones en un segundo país, recibir entrenamiento en un tercer país, reclutar militantes en un cuarto país, y atacar un objetivo en un quinto país.
Debemos hacer frente a esta amenaza de forma conjunta. O cooperamos más allá de nuestras fronteras o los terroristas seguirán aprovechándose de las brechas que existen entre ellas.
Con el presidente Trump, por primera vez, Estados Unidos está creando la infraestructura, las alianzas y la estrategia necesarias para derrotar el flagelo del terrorismo de extrema izquierda.
El presidente Trump firmó el Memorando Presidencial de Seguridad Nacional n.º 7, en el que se esboza una estrategia integral para investigar y desarticular las redes terroristas de Antifa y sus aliados. El pasado mes de noviembre, el Departamento de Estado designó a cuatro grupos extremistas violentos de extrema izquierda como organizaciones terroristas extranjeras. Pronto habrá más designaciones.
En diciembre, anunciamos el Programa de Recompensas por la Justicia, que ofrece hasta diez millones de dólares a cambio de información que permita desarticular la financiación de estos grupos. En mayo, organizamos el primer taller sobre lucha antiterrorista para las fuerzas del orden, en el que se reunieron funcionarios de las fuerzas del orden estadounidenses y sus homólogos de nuestros países socios para trazar y desarrollar estrategias para desmantelar estas redes. El próximo taller se celebrará conjuntamente con nuestros socios en Alemania. La coalición que estamos construyendo juntos ya está dando sus frutos
Hoy nos encontramos aquí para seguir avanzando en esa labor.
Podemos, y debemos, identificar y cartografiar esta amenaza y reconstruir nuestra arquitectura antiterrorista para derrotarla, al igual que lo hemos hecho juntos anteriormente. Mediante el intercambio de inteligencia e información; a través de una estrategia coordinada de las fuerzas del orden; mediante la identificación y desarticulación de las fuentes de financiación; desmantelamos estas redes piedra a piedra.
Ha llegado el momento de que los pueblos del mundo civilizado nos defendamos, nos mantengamos unidos frente a esta oscuridad que se cierne sobre nosotros y luchemos por lo que es nuestro.