Por. Juan Ramón Martínez
La anécdota es oportuna. Ocurrió en 1950 en Pekín, China, después de la revolución de Mao Zedong.
La escena es típica. De pie Mao recibe a un periodista inglés al cual le ha ofrecido una entrevista. Mao es un hombre regordete, piel amarrilla, de baja estatura, no más de 1.60 centímetros y, al frente suyo, de pie, el inglés. Bien vestido, corbata amarilla, traje negro cruzado. Zapatos brillantes que sostienen un cuerpo de 1.90 centímetros
Mao no se sienta. El británico tampoco. Cree que sería una descortesía. Abre su libreta y, tomando una pluma, empieza a tomar notas.
Mao escucha, con la traductora al lado, decir “señor puede indicar ¿cuál es el objetivo de su revolución?”.
Mao entiende la arrogancia del inglés y descubre una oportunidad para responderle y darle una lección de autoridad.
El extranjero se siente seguro. Mao lo ve de abajo hacia arriba, como es natural. Lo que busca la revolución –dice Mao– es que dentro de 50 años, podamos los chinos hablarle a los periodistas ingleses a la altura de los ojos.
Lo recuerdo ahora porque, aunque repetimos que el Estado está conformado por la población, el territorio y el gobierno, no le damos atención a la primera ni tampoco al segundo… y todo se lo traga el tercero.
El gobierno se come todo y, a cambio, exige idolatría.
Al pueblo no se le dispensa mayor atención. Se pasa por alto –de allí la oportunidad de la anécdota de Mao–, que puede ser mejorable y por esa vía el Estado nacional, ser más efectivo y gozar de mayor respetabilidad.
La población ha crecido en forma visible. En términos de calidad no hay constancia de mejoría. La que creíamos y nos llenaba de orgullo, Daniel Esponda ha dicho al respecto que estamos equivocados. Imaginábamos que más hondureños sabían leer.
Pero el exburócrata educativo afirma que los niños de sexto grado no saben leer.
El sistema educativo ha sido objeto de reformas, pero no ha producido un hondureños más despierto que entienda lo que le dicen y que lea y aplique las instrucciones y contenidos en las cajas de los productos.
Y todo es porque no sabe leer.
Casi no habla y, cuando lo hace, usa expresiones sin sentido y algunas salpicadas de vulgaridad y agresiones al español.
En términos de antropología física, no sabemos si la estatura promedio del hondureño ha mejorado.
Tampoco hay indicación que el tamaño del cráneo –y con ello la circunvalación del cerebro– sea mayor que antes.
Tampoco tenemos indicación que el peso de los niños al nacer sea mayor que hace 25 años. Tampoco sabemos si la dieta alimentaria, desde el primer día de nacido hasta los cinco años que son cruciales para obtener resultados, haya mejorado en términos reales, más allá del aumento de carbohidratos y la sustitución del café, para calmar a los niños pobres, haya disminuido.
Igual que los jóvenes, la sociedad cada día sabe menos de sí misma. Los educadores no escriben. No nos dan lecciones fuera del aula, donde tampoco son muy creativos, sobre como ha mejorado la calidad de los hondureños.
Por ello, no encontramos ninguna evidencia que el espíritu critico se haya impuesto y que ahora las nuevas generaciones tengan un mayor espíritu de libertad e independencia que antes. Como en la anécdota de Mao, que estén dispuestos a ver a los ojos de los extranjeros, con confianza, sin perruna adulación y sin ánimo de engañar o hacer trampas a los que muchos odian, en forma infantil.
No sabemos si estamos mejorando o no. Apenas, tenemos los datos electorales poco estudiados por los sociólogos o por los burócratas electorales. Una rápida vista a la forma de votar indica que tienen más libertad para hacerlo en las zonas donde hay mas empleo, más riqueza y más bienestar.
La forma de votar en los departamentos de mayor desarrollo capitalista es diferente a los afectados por la pobreza. En Cortés, Atlántida, Yoro y Colón votan diferente a La Paz, Lempira y Valle. Los jóvenes de los departamentos norteños son más libres, menos subordinados.
En Olancho y Comayagua todavía cuidan la montura a los caudillos. En fin, hay que decir que no habiendo hecho nada en favor del mejoramiento de la población, no debemos esperar que el hondureño sea mejor ni ahora y menos en el futuro.
Seguirán creyendo en Mel, Nasralla y Zambrano. En inútiles como ellos. Porque como dicen en los pueblos, “tal para cual”.
Los presidentes cada día serán mas inútiles.
Juan Ramón Martínez