Por Julián Carrazón, Oficial de Agricultura de la FAO en Mesoamérica
El fenómeno de El Niño —el calentamiento cíclico y anormal de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial— no es una novedad. Es parte de la variabilidad climática natural del planeta, un evento recurrente con el que la agricultura centroamericana ha convivido siempre. Lo que sí es nuevo es nuestra capacidad de anticiparlo. En abril de 2026, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica del Gobierno de los Estados Unidos de América (NOAA, por sus siglas en inglés) confirmó que El Niño tiene una probabilidad del 61% de emerger entre mayo y julio de este año, con posibilidad de persistir hasta finales de 2026.
En el Corredor Seco —esa franja árida que se extiende desde el sur de México hasta el Arco Seco de Panamá y donde viven casi dos millones de familias que dependen de la agricultura de subsistencia— el riesgo concreto de El Niño no es la sequía absoluta, sino la canícula: la reducción de lluvias que ocurre en plena estación húmeda, entre julio y agosto, cuando el maíz, el frijol y el arroz están en plena floración y llenado del grano.
Más de cuarenta años de registros satelitales en el Corredor Seco Centroamericano analizados por la FAO muestran un patrón inequívoco: los años de El Niño fuerte coinciden sistemáticamente con las canículas más severas y con las mayores pérdidas en la producción de granos básicos. Cuando la canícula es extrema, los agricultores de subsistencia reportan pérdidas de hasta el 80% de la cosecha. Las fechas de siembra importan decisivamente: el maíz sembrado en mayo que florece en julio y agosto (ciclo de 90 a 100 días) es el más vulnerable. Anticipar qué tipo de canícula se aproxima —si se acentúa en julio o en agosto— puede marcar la diferencia entre una cosecha salvada y una pérdida total.
Un aspecto positivo es que el conocimiento técnico para reducir esta vulnerabilidad está disponible. Las regiones áridas del mundo y el Corredor Seco Centroamericano en particular llevan décadas desarrollando y validando prácticas que funcionan: captura de humedad del suelo mediante zanjas de infiltración, terrazas y coberturas orgánicas; reforestación estratégica con especies nativas que mejoran la retención hídrica de cuencas enteras; y semillas de variedades de ciclo corto tolerantes a la sequía, tecnologías maduras y disponibles hoy que pueden reducir drásticamente las pérdidas en años de canícula fuerte. Estas no son soluciones experimentales. Son prácticas probadas en el marco de proyectos que la FAO desarrolla de la mano de los gobiernos nacionales y que esperan ser escaladas, adoptadas en políticas públicas y financiadas de manera sostenida.
La herramienta que está llamada a transformar la gestión del riesgo agrícola en la región es la Zonificación Agrícola del Riesgo Climático (ZARC), desarrollada en Brasil por la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa) y adaptada para Centroamérica con el apoyo de la Agencia Brasileña de Cooperación del Ministerio de Relaciones Exteriores (ABC/MRE), en el marco del Programa de Cooperación Internacional Brasil-FAO.
La ZARC cruza datos climáticos históricos, calendarios de cultivo y perfiles de suelo para responder, municipio por municipio, tres preguntas críticas: ¿cuándo sembrar?, ¿qué sembrar? y ¿cuál es el nivel de riesgo aceptable? En Guatemala, Honduras y El Salvador, la ZARC ya genera mapas de riesgo y calendarios de siembra a nivel municipal. En apenas tres años de implementación, la herramienta ya cuenta con información que podría compartirse con productores y productoras para que ajusten sus decisiones con el fin de lograr reducir las pérdidas y mejorar la eficiencia en el uso del agua. El índice de canícula de la FAO —basado en imágenes satelitales con resolución de un kilómetro cada diez días— complementa esta herramienta con monitoreo en tiempo casi real, permitiendo activar alertas antes de que la pérdida sea irreversible.
Ambas herramientas van más allá del campo ya que, una vez operativas y articuladas con los sistemas nacionales de información agropecuaria, pueden constituir la base sobre la que construir seguros agrícolas paramétricos, líneas de crédito diferenciadas por nivel de riesgo y mecanismos de transferencia del riesgo climático que hoy apenas existen en la región.
Las zonas más vulnerables de Honduras se concentran alrededor del Golfo de Fonseca y el departamento de Choluteca, donde la canícula tiende a acentuarse hacia agosto, retrasando las siembras de Postrera y acortando el ciclo productivo. En El Niño 1991/92, uno de los más intensos del registro histórico, más del 55% del Corredor Seco hondureño reportó pérdidas severas. Hoy, la ZARC en Honduras, en estrecha colaboración con la SAG y la DICTA, cuyos datos de ensayos varietales y mapas de suelos son la materia prima local de la herramienta, ya proporciona mapas de riesgo por municipio que integran la probabilidad de canícula intensa con las fechas recomendadas de siembra, reduciendo la exposición de los productores a través de una planificación agrícola fundamentada en datos climáticos de largo plazo.
El riesgo cuantificado es el primer paso hacia la protección financiera de las familias y sus medios de vida. Al identificar los niveles de riesgo por cultivo, territorio y fecha de siembra, la ZARC transforma información climática en lenguaje que tanto el sector financiero como el asegurador pueden gestionar. Para las instituciones de crédito, significa poder prestar a pequeños productores que hoy quedan excluidos precisamente porque su riesgo no estaba medido. Para las aseguradoras, significa diseñar productos más precisos y accesibles, adaptados a la realidad del Corredor Seco. Para los gobiernos, significa orientar subsidios e inversión pública hacia los territorios y cultivos con mayor exposición.
El Niño llegará. Cuánto daño cause depende de las decisiones que tomemos en los próximos meses.