César Indiano
El presidente Donald Trump – el líder vivo más importante del planeta – sólo necesitó cuatro renglones para poner las cosas en su lugar; sin pajas y sin adornos. Eso es lo que hacen los grandes políticos cuando tienen credibilidad, coherencia y audacia. Trump está donde está porque aborrece los titubeos de la prensa zurda, porque desprecia a los mentirosos y porque no le tiene piedad a la falsa inteligencia de los embaucadores.
El día en que la envalentonada Kamala Harris se levantó con aires de Heroína de Marvel para atacar con fuego a la candidatura del candidato republicano, ese mismo día Trump la destruyó con una sola frase “es una mujer malvada”.
Con su estilo directo, brutal y exacto, acaba de hacer lo mismo con los tres candidatos que hoy por hoy se disputan la presidencia en Honduras. Los conoce a los tres como a la palma de su mano, los conoce con mucha más precisión que nosotros porque nosotros – pobres babosos – vivimos embrutecidos y embrujados en miles de debates banales y en cientos de discusiones estúpidas donde nadie consigue decir alguna puta cosa que sea entendible.
La política practicada a la manera de Trump se vuelve sencilla, es “el arte de saber quién te quiere joder y por qué”. Trump sabe quién le quería volar los sesos desde un edificio de Pensilvania, sabe quién conspira contra los Estados Unidos y cuenta con perfiles milimétricos de todos los enemigos de la Casa Blanca que se hacen pasar por mesías, revolucionarios, líderes y reformadores sociales.
Trump desprecia con la misma vehemencia a los capos del crimen organizado, a los coyotes fronterizos, a los jefes de maras, a los manipuladores de masas, a los terroristas clandestinos y – especialmente – a los politiqueros que levantan consignas e infamias en contra de América. Por lo tanto, personajes maléficos del patio latino como Hugo Chávez Frías, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Claudia Sheimbaum, Gustavo Petro, Rixi Moncada y Salvador Nasralla, están marcados en su lista como villanos peligrosos y despreciables.
Una persona insidiosa, fanática y sectaria como Rixi Moncada no es del agrado de Donald Trump. Un siniestro manipulador, embustero, hipócrita e ignominioso como Salvador Nasralla no encaja en los gustos y preferencias de Donald Trump. Para el presidente de Norteamérica los dos son creaturas abominables. Desde su visión brutal y categórica Rixi Moncada ya está frita y el otro depravado que se jacta de liderar encuestas, ya está servido y hervido en sus propios caldos de vanidad.
Claramente posicionado por una derecha pacífica que traiga tranquilidad, trabajo y amistad entre Honduras y los Estados Unidos, el más importante líder del mundo ha sido claro y contundente al decir que “no podría trabajar con Rixi Moncada y los comunistas y que Salvador Nasralla no es un socio confiable para la libertad y la democracia”. Trump define al candidato liberal como a un Satanás de la simulación.
Esto sitúa al candidato Tito Asfura como el aliado deseable y confiable para los planes socioeconómicos de Donald Trump. El presidente norteamericano se siente claramente identificado con la sencillez de un líder nacionalista que huele a cemento y que administra con humildad eficientes empresas que botan la basura de su propia ciudad. Tito es el tipo de líder con quien Donald Trump tendría una amena conversación sobre Honduras, sus sueños, sus deseos y sus posibilidades de prosperidad.
En cambio, Trump detesta esas viejas rabiosas que destilan veneno contra la dignidad americana y aborrece los disfraces de ese vulgar “manipulador liberal” que hoy busca la presidencia de Honduras usando de escalera a un millón de tontos anestesiados. No nos enchibolemos; lo de Trump no es una opinión ¡es un mandato!